Aunque suelen confundirse, el narcisismo y la autoestima saludable son dos formas muy distintas de mirarse a uno mismo. Mientras la primera se alimenta de la mirada ajena, la segunda nace de la aceptación y el equilibrio interior.

El narcisismo no se trata simplemente de amarse o tener confianza. Es, en realidad, una distorsión del amor propio que depende de la admiración y la aprobación externa. Quien lo padece suele construir una imagen idealizada de sí mismo para sentirse valioso, pero detrás de esa fachada se esconde una gran fragilidad emocional. Cuando la atención se centra únicamente en uno mismo, los vínculos se vuelven instrumentos para sostener esa autoimagen, más que espacios de encuentro genuino.

En cambio, la autoestima saludable implica reconocerse con luces y sombras, valorarse sin necesidad de compararse o buscar validación constante. Una persona con buena autoestima no necesita demostrar nada: se siente suficiente, con defectos y virtudes, y puede vincularse con los demás desde el respeto y la empatía. Esa diferencia, aunque sutil, marca la frontera entre el bienestar emocional y la dependencia del reconocimiento.

Los especialistas explican que todos tenemos rasgos narcisistas en algún punto, sobre todo durante la adolescencia, cuando la identidad está en formación. El problema surge cuando esa mirada centrada en uno mismo se vuelve permanente y rígida, afectando la capacidad de conectar con los demás. En esos casos, el narcisismo deja de ser una etapa y se convierte en un modo de vida que genera aislamiento y frustración.

La autoestima sana, en cambio, se construye día a día con autoconocimiento, aceptación y límites claros. No se trata de sentirse superior, sino de sentirse en paz. Saber que uno vale, pero también que los demás valen. Porque el verdadero amor propio no busca aplausos: busca equilibrio.

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